Los Dossieres 1289 Tiempos de hoy

 
   

 Nº 1289. 12  de abril   de 2019

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Los Dossieres / Javier de Benito

El régimen de Buteflika intenta mantenerse mientras los argelinos claman por una apertura democrática

La tardía ‘primavera’ de Argelia

Cada viernes, desde el pasado 22 de febrero, miles de manifestantes salen a la calle de forma pacífica para pedir una ruptura total con un régimen político que ha controlado las instituciones argelinas durante dos décadas. Nueve años después de las revueltas populares que acabaron con varios regímenes y dictadores de sus vecinos países del Magreb, Argelia vive este abril su particular ‘primavera árabe’. Tras varias semanas de protestas, el presidente Abdelaziz Bouteflika dimitía el pasado 2 de abril. El futuro del país es ahora una incertidumbre.

La caída de Buteflika forma parte del objetivo del régimen de mantenerse en el poder.

Fue colonia francesa hasta 1962. Desde entonces, la Argelia independiente se ha construido bajo la supervisión de la Armada Nacional Popular (ANP), es decir, el ejército argelino, y el Frente de Liberación Nacional (FLN), único partido político del país hasta la reforma de 1989. Ahora, millones de manifestantes exigen en las calles al FNL que se disuelva y que el Ejército deje de controlar la política del país africano.

Abdelaziz Bouteflika dimitió el pasado 2 de abril, tras 20 años en el poder. El futuro de Argelia, sin embargo, permanece en la incertidumbre. El pueblo clama cada viernes en la capital por una nueva apertura democrática. Entre tanto, el hasta ahora hombre fuerte del presidente, el jefe del Ejército, Ahmed Gaid Salah, se postula como la alternativa continuista del octogenario presidente Bouteflika. El entonces presidente del Senado, Abdelkáder Bensalá, ha sido nombrado el 9 de abril presidente interino para los próximos tres meses. Una decisión con la que la sociedad civil no está de acuerdo y que Salah ha avalado. En ese periodo, previsiblemente se convocarán elecciones.


El jefe del Ejército y verdadero hombre fuerte del país, Ahmed Gaid Salah, se postula como la alternativa continuista al dimitido presidente.

De la independencia al socialismo

El FNL y su brazo armado, la ANP, fueron los principales contendientes que lucharon contra la colonización francesa durante la guerra de independencia de Argelia (1954-1962). Una vez logrado el objetivo, muchos ciudadanos fueron expulsados del país. Desde aquellos cuyo origen era europeo y vivían en el país africano, llamados pieds-noire (pies negros), a los nativos que apoyaron al gobierno colonial francés. Las consecuencias de la guerra civil dejaron un país deteriorado y bajo una fuerte influencia militar.

El primer presidente del país fue Ahmed Ben Bella, uno de los principales líderes revolucionarios del FNL durante la guerra y, posteriormente, jefe del partido único. Fue proclamado presidente en 1963 y derrocado por su propio ejército dos años después, en 1965. El programa político de Ben Bella estaba relativamente ligado al socialismo. Sin embargo, sus pretensiones para modernizar un país destruido por la guerra se vieron truncadas por la ANP. Aún así, el entonces presidente logró aprobar una constitución (la primera del país tras la independencia) que dejaba clara la hoja de ruta que seguiría Argelia en los años posteriores.

Héroe de la independencia argelina, Ahmed Ben Bella, fue derrocado dos años después de ser proclamado presidente. / EUROPA PRESS

 

Desde el derrocamiento de Ben Bella, los militares han dominado el panorama político. El golpe de estado de 1963 tumbó al líder socialista e impuso un nuevo presidente: Houari Boumedienne. Tras su llegada, el nuevo presidente nacionalizó las empresas energéticas y estableció unos objetivos económicos similares a los planes quinquenales soviéticos. Durante el gobierno de Boumedienne, el país creció, tanto en términos económicos como demográficos. Y situó a Argelia en el panorama internacional.

Bendjedid y la apertura democrática

El presidente Boumedienne ejerció su cargo hasta que falleció en 1978. Fue un político y militar de su gabinete, Chadli Bendjedid, quien se convirtió ese mismo año en el nuevo presidente de Argelia. Su política fue paulatinamente adaptando la orientación socialista del país hacia una economía de mercado, eso sí, preservando el control estatal de muchas de las empresas del país africano.

A mediados de los años ochenta, Argelia se vio sumida en una nueva crisis económica y social. La crisis del petróleo de 1985, la elevada tasa de desempleo del país y la indignación general que despertaba que muchos de los líderes revolucionarios se hubieran enriquecido tras ganar la guerra (entre otras cosas por el control estatal de la economía) fueron los mimbres de un nuevo conflicto. Las protestas se dejaron ver a lo largo y ancho del país. Sin embargo, el Ejército no tardó en reprimirlas con dureza. Ante estos acontecimientos, el presidente Bendjedid decidió aprobar un paquete de reformas en 1988.

Entre estas medidas, se encontraba la legalización de nuevos partidos políticos. Por ello, muchas formaciones se presentaron a las elecciones de 1991. Entre ellas, el FIS (Frente Islámico de Salvación), un partido islamista que ganó la primera vuelta de los comicios, en parte gracias a la ayuda financiera de Arabia Saudí.

La victoria del FIS (un partido integrista que buscaba basar la ley en el Corán y en la Sharia) disparó todas las alarmas entre la cúpula del poder y la ANP decidió anular la segunda vuelta y suspender las elecciones, poniendo fin a la apertura democrática. Esta decisión provocó una nueva guerra civil en Argelia (conocida como decenio negro) que causaría cientos de miles de muertos por los enfrentamientos entre el Gobierno y los islamistas. Desde 1992 se calcula que la violencia se ha cobrado cerca de 200.000 víctimas, según los datos de partidos opositores y organizaciones no gubernamentales.

Cinco días antes de celebrarse la segunda vuelta de las elecciones, el presidente Bendjedid dimitió. Posteriormente, el Alto Consejo de Seguridad (formado por el presidente del Tribunal Constitucional, el primer ministro, los titulares de Interior, Defensa y Justicia, y varios altos mandos de las fuerzas armadas) suspendió los comicios y fue el Consejo de Estado quien asumió el poder. Desde entonces, el país se sumió en una ola de violencia terrorista que se prolongó durante más de diez años.

El decenio negro

Tras la suspensión de las elecciones, numerosos grupos islamistas radicales sumieron el país en una guerra civil cruenta. El ala terrorista del Frente Islámico de Salvación (FIS), el Grupo Islámico Armado (GIA) o el Grupo argelino Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) asesinaron un gran número de argelinos. Posteriormente, en 2006, entró en escena un nuevo grupo terrorista: la Organización Al Qaeda para el Magreb Islámico (AQMI).

En 1994, el entonces ministro de Defensa Nacional, Liamine Zéroual fue designado presidente por el Consejo de Estado. Su gobierno se destacó por los intentos de llegar a acuerdos para reducir la escala de violencia en la que estaba sumida el país. Los enfrentamientos entre el Gobierno argelino y los grupos terroristas islámicos no cesaron durante el mandato de Zéroual. Por ello, la presión obligó al entonces presidente a convocar elecciones anticipadas en 1999. Comicios a los que el entonces presidente no se presentó.

Boutefika, el eterno presidente

Sería un militar que había luchado durante décadas en el brazo armado del FLN quien ganaría las elecciones en 1999. Abdelaziz Bouteflika, nacido en la ciudad de Oudja, se presentó a las elecciones con un programa similar al de su predecesor, que prometía la reconciliación y el fin de la violencia. No era un personaje nuevo en el panorama político argelino, pues ya había ejercido el cargo de ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno de Boumeddiene.

Durante su juventud, Bouteflika fue partidario del socialismo y simpatizaba con la causa palestina. Fue un activo importante del brazo armado del FLN que perdió influencia tras la muerte de Boumeddiene. Su reaparición en el escenario político se dio a finales del conocido como “decenio negro”. En 1999, apoyado por una amplia facción del Ejército, se presentó como candidato a la presidencia y ganó (entre acusaciones de fraude electoral por parte de los candidatos opositores) con un 75 % de los votos.

Su mayor logro fue pacificar el país mediante una amnistía. Hecho que le valió la reelección en los comicios de 2004 (victoria que también fue tildada por su contendiente político, el general retirado Ali Benflis, como fraudulenta).

El presidente Bouteflika gobernó de la mano de un estrecho círculo de militares conocido como “Le Pouvoir”. Y a pesar de las duras críticas que ha recibido durante sus largos años de gobierno, las acusaciones de corrupción y los achaques de salud sufridos (úlcera de estómago, derrame cerebral…), Bouteflika se ha perpetuado en el poder con el apoyo del Ejército durante 20 años.

Ganaría un referéndum sobre su plan de reconciliación en 2005 e incluso las elecciones presidenciales de 2014 sin siquiera hacer campaña electoral. Una situación que se pudo mantener debido a la “ingeniería política” empleada por “Le Pouvoir” para preservar a Bouteflika en el poder. En 2017, el presidente se presentó de nuevo a la reelección (la quinta) gracias a un referéndum. Una situación que dos años después se volvió insostenible debido a la crisis económica y social que azotaba Argelia, pues decenas de miles de manifestantes salieron a las calles a exigir la dimisión del presidente y la salida de los militares de la política argelina.


Los rumores de incapacidad de Buteflika hicieron que miles de manifestantes salieran a la calle pidiendo el fin de su régimen autoritario.

La primavera argelina

El 22 de febrero de 2019, con el país sumido en una profunda crisis económica, decenas de miles de manifestantes salieron a las calles para protestar contra la quinta reelección consecutiva de Bouteflika. Tan solo dos días después, el presidente fue trasladado a un hospital de Suiza. Desde entonces, cada viernes los manifestantes han llenado la plaza de Grande Poste, en Argel, para reclamar una nueva apertura democrática.

El lunes 11 de marzo, el presidente de Argelia, ya octogenario, anunciaba en una carta que renunciaba a su quinto mandato. Abandonaría el poder que había ostentado durante 20 años. Tres semanas de protestas fueron suficientes para lograr apartar a Bouteflika del sillón presidencial. Las elecciones previstas para finales de abril se aplazaban, sin fecha concreta. En la carta también se anunciaba la creación de una conferencia nacional “inclusiva e independiente” encargada de poner en marcha el “proceso de transformación” del país, es decir, una nueva Constitución para Argelia. Un mandato que debe cumplirse este año.

Las protestas se han intensificado a lo largo del mes de marzo. De hecho, el Gobierno decretó vacaciones forzadas para intentar sofocarlas, sin éxito. Pese a la inminente caída de Bouteflika, las dudas aún planean sobre cómo será el periodo de transición y si el Ejército no influirá más en la política del país. Los estudiantes, en su pulso contra el Gobierno, anunciaron a través de las redes sociales una huelga general para el domingo 10 de marzo que tuvo un seguimiento desigual.

El primero de los cambios tras las protestas fue la dimisión del primer ministro, Ahmed Ouyahia. El antiguo ministro del Interior, Nouredeine Bedoui (miembro del FNL) es quien actualmente ostenta el cargo. Un nuevo líder que dejaba claras sus intenciones frente a las protestas con unas incendiarias declaraciones: “El Estado ya ha probado en el pasado que puede controlar las calles”, anunció el pasado viernes 22 de marzo.

La incapacidad de Bouteflika de aparecer en escena (debido a que permanece en una silla de ruedas desde 2013 por un derrame cerebral) no fue suficiente para desbancarlo del poder durante sus cuatro mandatos. Ha sido su brazo armado, el jefe del Estado Mayor y general de uno de los ejércitos más potentes de África, Ahmed Gaid Salah quien con su apoyo ha mantenido a Bouteflika en el poder a lo largo de los años. Y ahora, las quinielas apuntan a que Salah podría ser el nuevo presidente de Argelia, siempre y cuando la presión del pueblo argelino fracase.

El martes 2 de abril, Bouteflika, vestido con una gandura argelina sobre su silla de ruedas, entregaba su carta de dimisión en una escena poco habitual. El hasta entonces presidente anunciaba así que renunciaba al poder rodeado por el presidente del Consejo Constitucional, Tayeb Belaiz, y el entonces presidente del Senado y actual presidente interino, Abdelkáder Bensalá.

El pasado 9 de abril, las dos cámaras del Congreso argelino se reunieron y nombraron a Bensalá presidente interino (después de ostentar el cargo de presidente del Senado durante más de 17 años). Su mandato, sin embargo, no durará más de tres meses (como contempla el artículo 102 de la Constitución argelina), por lo que se prevé que en ese periodo de tiempo se convocarán nuevas elecciones. Una decisión que no ha gustado entre la sociedad civil, que clama por apartar al Ejército y al FLN de la política nacional.

Unidos por la permanencia en el poder, Gaid Salah ha sido determinante para la presidencia de Bouteflika, y decisivo también para propiciar finalmente su caída.

Salah, el pilar del régimen

La fidelidad de Ahmed Gaid Salah hacia su presidente explica, en cierto modo, que Bouteflika haya permanecido tantos años en el poder. Fue el propio líder argelino quien emplazó a Salah como jefe del Ejército en 2004. Y desde entonces, esta alianza ha logrado sortear todo tipo de amenazas.

Fue Salah quien con su apoyo logró que Bouteflika se volviera a presentar a las elecciones de 2014 (tras haber sufrido un infarto cerebral el año anterior). Fue esta alianza la que logró acallar y mandar a la reserva al general Mohamed Mediane, jefe de los servicios secretos. Y fue Salah quien encarceló en 2018 a cinco generales acusados de corrupción que, según varios analistas, representaban una amenaza para la quinta reelección de Bouteflika.

Con la irrupción del pueblo argelino en el escenario, Salah mantuvo su fidelidad al presidente. Al inicio de las protestas aseguró en un tono que muchos consideraron amenazante que las elecciones del 18 de abril se desarrollarían en un clima de “quietud, serenidad, seguridad y estabilidad”. Sin embargo, estas últimas semanas, Salah se ha alejado por primera vez (y de forma repentina) de su presidente. De hecho, el martes 26 de marzo, emplazó a la inhabilitación de Bouteflika en nombre de las reivindicaciones del pueblo.

Cuatro días después, el sábado 30 de marzo, denunció que se había celebrado una reunión de personajes “conocidos” que presuntamente estaban conspirando contra el Ejército. Un canal argelino reveló que entre esos conspiradores se encontraba Said Bouteflika y el antiguo jefe de los servicios secretos, Mohamed Mediane.

No es de extrañar que este enfrentamiento se viera ligeramente reflejado en la carta de dimisión del presidente. En ella, Bouteflika asegura que antes de dimitir tomará “medidas importantes para asegurar la continuidad del funcionamiento de las instituciones del Estado”. Una amenaza que Salah no tardó en contestar al destacar que él no sabría callarse hoy sobre “los complós y las conspiraciones abyectas, fomentadas por una banda que ha hecho del fraude, la malversación y de la duplicidad su vocación”.

Poco después, un estrecho aliado de Bouteflika, el expresidente de la patronal argelina (FCE, por sus siglas en francés), Ali Haddad fue detenido. Al mismo tiempo, se prohibió el despegue de avionetas privadas que pretendieran salir de Argelia y una decena de empresarios recibían del Ejército la prohibición expresa de no abandonar el país. Y ante estos acontecimientos, Bouteflika dimitió.

Los siguientes acontecimientos también han estado marcados por el general. El nombramiento de Bensalá como presidente interino ha sido una decisión que Salah ha apoyado. Pues no durará mucho en el cargo (menos de tres meses) hasta que se convoquen nuevas elecciones.

 

El gas natural argelino es clave en los intereses económicos de España en el país norteafricano.

La crisis, un problema para España

La crisis política de Argelia se ve con preocupación desde Europa. España es el segundo mayor cliente extranjero de Argelia. El 50% del gas natural importado proviene del país africano, según la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos. Además, numerosas empresas españolas tienen presencia en el país magrebí. Prueba de ello es que Repsol cuenta con cinco campos de producción de crudo (que generan en conjunto unos 18.000 barriles diarios) y dos perímetros exploratorios.

La crisis política de Argelia puede perjudicar de forma notable a la economía española. No es de extrañar la reacción que han manifestado algunas compañías ante la crisis argelina. La que fue Gas Natural declaró a principios de marzo que no prevé que se interrumpa el suministro pese a la situación que atraviesa el país. Además, aseguró que dispone de un plan de contingencia para garantizar dicho suministro por otras vías en caso de que fuera necesario.

Otro de los recursos donde las empresas españolas tienen intereses importantes es el agua. La empresa FCC gestiona las desaladoras argelinas de Mostaganem (200.000 m3/día) y Cap D'Jinet (100.000 m3/día). Y también Abengoa se adjudicó allí la planta desaladora de Ténès por 25 años.

Pero la presencia empresarial española en Argelia no acaba aquí. Transporte, bancos, tiendas de ropa… Además, España es el cuarto proveedor de Argelia. Según el Ministerio español de Industria, Turismo y Comercio, España vendió en 2018 a Argelia bienes por valor de 3.384,1 millones de euros. Y, por otro lafo, España compró 4.774,2 millones de euros a Argelia, un 4,2 % más que en 2017.

Unos datos que convierten la crisis argelina en un punto de interés nacional y que mantiene a numerosas empresas españolas con los ojos puestos en el país africano.

 

 

 

 

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